lunes, 13 de febrero de 2017
La Delia se escapó
La tía Delia rascaba la espalda como si estuviese narrando una historia mágica, donde sus manos eran barridas de todo lo malo, de lo que lastima a veces. O eran casi una excusa, un trampolín directo a un sueño hermoso. Y temer entrar a ese sueño era casi un histeriqueo porque no quería perder noción de su tacto. Mis miedos ya ahuyentados eran fríamente humillados, porque la tía hacía un bien de vocación. Y por que no, de voluntad. Porque era una tía, al menos para mi. Pero una tía como las que no tenía, como las que me faltaban. Como si hubiese un lugar perfectamente guardado para ella y su paso por mí. Su piel estaba trizada de tierra y sus ojos miraban inocentes infinitos. Su tristeza siempre soslayada por los mates de la mañana, donde invadían sus risas: tan familiares como el clic de un reloj inconfundible, el cual estas tan acostumbrado a escuchar que pensabas que no iba a dejar de sonar nunca.
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