sábado, 18 de noviembre de 2017
La Peste humana
"¿Ha visto usted fusilar a un hombre alguna vez? No, seguramente, eso se hace en general por invitación y el público tiene que ser antes elegido. El caso es que usted no ha pasado de las estampas de los libros. Una venda en los ojos, un poste y a lo lejos unos cuantos soldados. Pues bien, ¡no es eso! ¿Sabe usted que el pelotón se sitúa a metro y medio del condenado? ¿Sabe usted que si diera un paso hacia adelante se daría con los fusiles en el pecho? ¿Sabe usted que a esta distancia los fusileros concentran su tiro en la región del corazón y que entre todos, con sus balas hacen un agujero donde se podría meter el puño? No, usted no lo sabe porque son detalles de los que no se habla. El sueño de los hombres es más sagrado que la vida para los apestados. No se debe impedir que duerman las buenas gentes. Sería de mal gusto: el buen gusto consiste en no insistir, todo el mundo lo sabe. Pero yo no he vuelto a dormir bien desde entonces. El mal gusto se me ha quedado en la boca y no he dejado de insistir, es decir, de pensar en ello."
sábado, 21 de octubre de 2017
La Peste de Camus (o La Peste Neoliberal Argentina)
(...)
"Desde este punto de vista, todos llegaron a vivir la ley de la peste, más eficaz cuanto más mediocre. Ni uno entre nosotros tenía grandes sentimientos. Pero todos experimentaban sentimientos monótonos. "Ya es hora de que esto termine", decían, porque en tiempo de peste es normal buscar el fin del sufrimiento colectivo y porque, de hecho, deseaban que terminase. Pero todo se decía sin el ardor ni la actitud de los primeros tiempos, se decía sólo con las pocas razones que nos quedaban todavía claras y que eran muy pobres. Al grande y furioso impulso de las primeras semanas había sucedido un decaimiento que hubiera sido erróneo tomar por resignación, pero que no dejaba de ser una especie de consentimiento provisional.
Nuestros conciudadanos se habían puesto al compás de la peste, se habían adaptado, como se dice, porque no había medio de hacer otra cosa. Todavía tenían la actitud que se tiene ante la desgracia o el sufrimiento, pero ya no eran para ellos punzantes. El doctor Rieux consideraba que, justamente, esto era un desastre, porque el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma. Antes, los separados no eran tan infelices porque en su sufrimiento había un fuego que ahora ya se había extinguido. En el presente, se les veía en las esquinas, en los cafés o en casa de los amigos, plácidos y distraídos, con miradas tan llenas de tedio que, por culpa de ellos, toda la ciudad parecía una sala de espera. Los que tenían un oficio cumplían con él en el estilo mismo de la peste: meticulosamente y sin brillo. Todo el mundo era modesto. Por primera vez los separados hablaban del ausente sin escrúpulos, no tenían inconvenientes en emplear el lenguaje de todos, en considerar su separación enfocándola como a las estadísticas de la epidemia. Hasta allí habían hurtado furiosamente su sufrimiento a la desgracia colectiva, pero ahora aceptaban la confusión. Sin memoria y sin esperanza, vivían instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes."
(...)
"Desde este punto de vista, todos llegaron a vivir la ley de la peste, más eficaz cuanto más mediocre. Ni uno entre nosotros tenía grandes sentimientos. Pero todos experimentaban sentimientos monótonos. "Ya es hora de que esto termine", decían, porque en tiempo de peste es normal buscar el fin del sufrimiento colectivo y porque, de hecho, deseaban que terminase. Pero todo se decía sin el ardor ni la actitud de los primeros tiempos, se decía sólo con las pocas razones que nos quedaban todavía claras y que eran muy pobres. Al grande y furioso impulso de las primeras semanas había sucedido un decaimiento que hubiera sido erróneo tomar por resignación, pero que no dejaba de ser una especie de consentimiento provisional.
Nuestros conciudadanos se habían puesto al compás de la peste, se habían adaptado, como se dice, porque no había medio de hacer otra cosa. Todavía tenían la actitud que se tiene ante la desgracia o el sufrimiento, pero ya no eran para ellos punzantes. El doctor Rieux consideraba que, justamente, esto era un desastre, porque el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma. Antes, los separados no eran tan infelices porque en su sufrimiento había un fuego que ahora ya se había extinguido. En el presente, se les veía en las esquinas, en los cafés o en casa de los amigos, plácidos y distraídos, con miradas tan llenas de tedio que, por culpa de ellos, toda la ciudad parecía una sala de espera. Los que tenían un oficio cumplían con él en el estilo mismo de la peste: meticulosamente y sin brillo. Todo el mundo era modesto. Por primera vez los separados hablaban del ausente sin escrúpulos, no tenían inconvenientes en emplear el lenguaje de todos, en considerar su separación enfocándola como a las estadísticas de la epidemia. Hasta allí habían hurtado furiosamente su sufrimiento a la desgracia colectiva, pero ahora aceptaban la confusión. Sin memoria y sin esperanza, vivían instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes."
(...)
viernes, 20 de octubre de 2017
sábado, 23 de septiembre de 2017
jueves, 17 de agosto de 2017
El silenciero de Di Benedetto
Besarión intenta ser, finge ser, para no ser. ¿No ser qué?
¿No ser quién? Él mismo. Besarión tiende decididamente a no ser.Y yo, ¿tiendo
a no ser? ... No, tiendo a ser. No me dejan. Estoy interferido, bloqueado. Sólo
podré ser en ciertas condiciones. Cuáles, no sé. Apenas las presiento.Como la
condición de estar conmigo. ¿Eso es la soledad? Quizá podría llamarse la
soledad profunda.Aunque si estoy conmigo, estoy acompañado. Ya que si estoy
conmigo no soy yo solo, somos dos. "Estar con" indica "alguien o
algo junto a", no el mismo. Si somos dos, constituimos uno y el otro. ¿Cuál
de ellos soy? Digo: yo y el que está conmigo. Luego, el que está conmigo es el
otro. ¿O si digo "estar conmigo" supongo "un yo" y otro
"un yo"? Debí decir: "estar en mí" y no me hubiera
enmarañado el pensamiento. Ha sido por prestarme a la seducción de las
palabras: con sus rasgos de ideas parece que estuvieran descubriéndole algo a uno,
como alertándolo sobre la naturaleza de sus capas profundas. Empezaron
a confundirme y se me iba formando el miedo de ser dos,o de albergar aun otro,o de
haber perdido a mi otro yo o de hallarme bajo su dominio. Me enredo de nuevo, pero
es porque volví a decir algo que necesariamente tiene que inquietarme: estar en
mí. ¿A propósito de qué lo he dicho? Yo me había planteado, para poder ser, la
necesidad de ciertas condiciones, como la de "estar conmigo", y luego
la cambié por "estar en mí". Y bien ... ahora temo que el significado
de esta segunda forma sea igual al dela primera. Ese "en" me sugiere
que estoy en el interiorde otro, y la cuenta vuelve a dar dos. También se dice
"estar fuera de sí" ... Zulema está fuera de sí, yo estoy fuera de mí,
etc. Son expresiones gráficas muy corrientes y nada tienen que ver con el ser.
Lo cual revela lo absurdo de esta discusión que me estoy haciendo. "Fuera de
sí" se refiere a salirse del molde social y convencional que uno usa o luce,
y más ajustadamente, a salirse de su propio molde, digamos: la personalidad se
sale de la persona. Un caso de desgobierno. Qué banalidades me ocupan. Hasta puedo
hacer, con ellas, lo que ellas son, juegos verbales: qué trivialidades trillo.
Odiosas odiseas de las palabras, ¡oh, dioses! Sin embargo, seriamente ... ¿qué
es lo que se me extravía, lo que se turba: mi personalidad o mi persona? Laberintos.
viernes, 21 de julio de 2017
Dejo
La única que me quiere realmente,
es la nube ambulante,
es el deterioro de mi introspección,
es la rabia que no le corresponde.
La única que me quiere realmente,
tiene desmerecida mi especulación,
un puñado de aire sin certezas,
y vagas promesas del tiempo.
Lo único que puedo hacer,
es gozar de su calamidad,
porque así de cruel es mi transparencia,
porque así naufrago entre espejos.
Esa solemnidad aparenta,
Es apática
Es apática
Y una sustanciosa pérdida de existencia
Se evapora por las rendijas
Se evapora por las rendijas
sábado, 3 de junio de 2017
Algo de La naúsea de Sartre
"Veo el porvenir. Está allí, en la calle, apenas más pálido que el presente. ¿Qué
necesidad tiene de realizarse? ¿Qué ganará con ello? La vieja se va cojeando, se
detiene, tira de una mecha gris que le asoma por debajo de la pañoleta. Camina;
estaba allá, ahora está aquí... No sé dónde ando: ¿veo sus gestos o los preveo? Ya
no distingo el presente del futuro, y sin embargo esto dura, se realiza poco a poco; la vieja avanza por la calle desierta, desplaza sus grandes zapatos de
hombre. Así es el tiempo, el tiempo desnudo; viene lentamente a la existencia, se
hace esperar y cuando llega uno siente asco porque cae en la cuenta de que hacía
mucho que estaba allí. La vieja se acerca a la esquina de la calle, ahora sólo es un
montoncito de trapos negros. Bueno, sí, lo acepto, esto es nuevo, no estaba ahí
hace un instante. Pero es una novedad descolorida, desflorada, que nunca puede
sorprender. Va a doblar la esquina, dobla... durante una eternidad."
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