Cuentan,
que lo único que puede detener a ese niño, son las contemplaciones. Para él, un cordón
desatado no es signo de imprudencia, ni siquiera un dejo de formalismo. Una imprudencia, es algo que
lastime. A veces, si ese menester implicara un cambio rotundo en las vagas
ramas que pisa, mientras condensa el tiempo con la mirada (que no es más que un
ensueño) dejaría sus ánimos guardados. De esta vasta experiencia, deja en
placer de otros ese goce, porque no se convive así. Derribando cada charco que se
le cruza, no distingue sapiencia de calma y no dirige sus proyecciones a
ambiciones construidas. Es entonces cuando devela entre ramas cercanas, un
destello. El baile solemne de las mariposas angustiadas. Juegan con sus dedos
sobre una baranda que apacigua el parque, lo tapa, le da regocijo a los
malaventurados. No se explica por qué habría de adentrarse en el limbo de los
pensamientos y especulaciones. Es decir, las almas en pena mesurada por la
falta de protagonismo, indulta una suerte de posicionamiento, el cual hace que
el deseo se rebañe, se decolore de tanto expresarse. "Que
chinita más linda", pensaba. Imploraba con cierta pasividad, cambiar el
rumbo de los gestos de ella, por lo menos, para detectar algo intrínseco.
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